La Cosmogonía y la Enéada Heliopolitana – Cosmogonía: conceptos generales

La cosmogonía, al igual que ocurre en casi todas las nociones religiosas del antiguo Egipto, es una narración tremendamente variable, donde a menudo aparecen mitos contradictorios que se modifican con el transcurso de su civilización. El sistema religioso se basa en la superposición de ideas, en la asimilación de personalidades divinas, etc., que, en un juego mitológico que no llegamos a comprender en detalle, jamás llega a eliminar conceptos más antiguos. Este es realmente el punto por el que presenta mayor dificultad de comprensión para nosotros.

Es de todos conocida la división del país en el Período Predinástico; en este fraccionamiento la influencia de los diversos dioses protectores de cada uno de los poblados no pasaba de ser meramente local. Según los territorios van anexionándose (sobre todo en el Bajo Egipto) y la unificación del Norte y el Sur se pone en marcha, estas tradiciones locales se funden dando origen a un texto que aglutinará las creencias religiosas más influyentes, los “Textos de las Pirámides”, nacidos de la inquietud por establecer una categoría divina y respondiendo a la toma de conciencia de su propia identidad: los pensadores egipcios saben que existen y por tanto debe existir también una fuerza superior creadora de todas las cosas. En consecuencia, sienten la necesidad de ordenar a los dioses, a los que se les ofrecía culto en sus respectivas ciudades y santuarios, de una forma práctica y coherente, conectándolos con los fenómenos naturales más misteriosos y que el egipcio no podía explicar de otra manera. Las divinidades son variantes del ser supremo, de este modo, las teorías de formación del mundo y el cosmos que estaban establecidas a lo largo del valle, quedan unificadas a través del tamiz del centro religioso principal, siendo formas de explicar el “cómo y el por qué” de un hecho concreto, una realidad con diferentes lenguajes simbólicos.

Parece lógico que estas historias mitológicas partieran del Delta, mucho más avanzado socioculturalmente que el Sur, y por lo tanto más preparado para desarrollar una casta sacerdotal que creará esta elaboración mitológica. Concepto que apartándose de las primitivas concepciones religiosas, demuestra un paso adelante en la cultura.

Los antiguos egipcios demostraron desde antiguo una tendencia a la agrupación, a la dualidad y a la simetría, patente por el hecho de que la forma más antigua para la multiplicidad de los conceptos es el sincretismo. La fuerza creadora nacerá mediante un principio femenino y otro masculino, en cuanto a poder generativo y regenerativo, para obtener el equilibrio de esta simetría, palpable en todos los aspectos de su religión y pensamiento. Prácticamente en todos los mitos religiosos existen básicamente dos componentes que los configuran: por un lado la fuerza creadora de vida y por el otro la del universo que dividiéndose en sí mismo, se ordena para dar cuerpo al mundo y a los seres que habrán de poblar la tierra. Analizando una frase expresada en la hora II del “Libro de las Puertas”, ha dado con la fórmula clave para entender un concepto que en Egipto repetirá una y otra vez: “El padre renace en su hijo y el hijo se convierte en su propio padre” con una reciprocidad realmente sorprendente(1).

La coexistencia predinástica de conjuntos mitológicos de análoga simbología provocaba la lucha de cada núcleo humano por la preponderancia de su dios, colocándolo a la cabeza de un mito de creación, en agrupaciones familiares, ordenándolos en lo que ellos entendían que debía ser las sociedades divina y humana. El mecanismo consistió en comenzar a reunir sus deidades primero en parejas, más tarde en tríadas o en grupos de cuatro o más dioses, hasta formar Enéadas que no siempre estuvieron formadas por nueve divinidades (conocemos algunas compuestas por siete o quince dioses) relacionados entre sí y que fueron variando según el período. Ya a finales del siglo pasado Brugsch(2) menciona la existencia de hasta veintinueve descripciones de miembros de la Enéada, aunque estas nominaciones parecen no influir para la formación de los componentes de la Enéada canónica. Por tanto vemos cómo, con el transcurso del tiempo, las creencias religiosas van sufriendo una evolución pudiendo crecer y coexistir para expresar la diversidad de los componentes del orden cósmico, es decir, el plural de los plurales.

Pese a todas las consideraciones mencionadas, no disponemos de una “clave” para aseverar cual fue el motivo que desencadenó la compleja elaboración de este tratado. Apuntábamos la posibilidad de que respondiera a la necesidad de una jerarquización divina, no obstante, la idea primigenia, pudo responder a distintos hechos.

a) Justificación para eventos históricos

b) La observación de los fenómenos de la naturaleza, que siendo un acontecimiento demasiado misterioso, requería una explicación práctica y lógica.

c) La lucha por la supremacía entre ciudades, cleros, personajes poderosos, etc., que ya ostentaban un considerable poder y que podían entenderse como las figuras de lo que más tarde será el monarca, etc.

Sin embargo, parece lógico que el concepto matriz pudiera haberse fundamentado en la idea de que la creación estaba basada en un mundo en continuo movimiento. Los egipcios, aunque entendieron el pensamiento abstracto, prefirieron darle una conexión y una localización concreta para su propia comprensión, ya que de este modo, estando los conceptos identificados y “en su sitio” el orden necesario para su mantenimiento estaba garantizado. Es más, podemos afirmar que este es el punto capital para entender la tendencia simétrica y variable, causada con frecuencia por el hecho de no tener en cuenta las modificaciones posteriores o el período histórico que se trate. El habitante del valle del Nilo entendía el cosmos como un espacio limitado, lo que le llevó a establecer un paralelismo entre ambos. Tanto en uno como en el otro la vida fluía y el renacimiento se llevaba a cabo con periodicidad, hecho que les ofrecía un sosiego esperanzador al conectarlo con la crecida del río. Este concepto vamos a verlo repetido en todos los mitos de creación.

Todas las cosmogonías locales estaban aceptadas en Egipto para entender y expresar la multiplicidad del poder creador divino, tomando como patrón a la más importante y posiblemente la más antigua: la formada en la ciudad santa de Heliópolis.

Teniendo en cuenta la multitud de concepciones cosmogónicas nacidas en el Egipto Predinástico y consolidadas en el Dinástico, conviene no olvidar que estos complejos mundos mitológicos no eran accesibles a la mayoría de la población del país, la cual entendía un concepto general y eran devotos de dioses más asequibles y populares, que podían comprender, ya que éstos respondían a sus necesidades directas. El pueblo jamás llegó a plantearse las contradicciones que presentaban algunas cosmogonías, el efecto final era mucho más importante que la causa en sí misma y los diversos mitos suponían diferentes aspectos de un hecho que había tenido lugar en la noche de los tiempos: la creación.

Los centros religiosos destacados y responsables de estos tratados fueron sin lugar a dudas Heliópolis, Hermópolis, Menfis y Tebas, teniendo cada provincia una variante local. Sólo la importancia política y un clero poderoso favoreció el que despuntaran sobre las demás. Sin embargo, existe un punto en común, un nexo entre las diversas cosmogonías, formado siempre a partir de elementos puntuales:

a) El “Océano Primordial”, donde se encuentra el potencial de vida (las aguas caóticas) de donde nacerán los dioses en claro paralelismo con el río Nilo. El agua será, desde la noche de los tiempos, el elemento purificador y dador de vida por excelencia.

b) La “Colina Primigenia”, donde se originó la vida como representante de las pequeñas zonas de tierra que quedaban al descubierto tras la crecida anual, lugares en los que, por la acción del sol y gracias al limo fertilizante que el río había depositado, comenzaba la vida cíclicamente.

c) El Sol, como entidad poderosa que provoca el nacimiento y desarrollo de los seres vivos.

d) Los fenómenos naturales, personificados en distintas divinidades.

En resumen, la idea es establecer una diferenciación entre el caos de los comienzos y el orden presente que siempre tendrá que ser mantenido por una cabeza visible y poderosa; el rey.

En todas las cosmogonías, un dios creador es el responsable y artífice del mundo ordenado. De este modo, incluso en un texto sapiencial del Primer Período Intermedio, “Instrucciones para el rey Merikara”, se nos menciona entre consejos y enseñanzas la creación del hombre, haciendo responsable a la divinidad solar:

…¡(Bien) gobernada está la humanidad, el ganado del dios!. Él ha hecho el cielo y la tierra para su deseo; él ha reprimido la voracidad de las aguas. Él ha creado el aliento de la vida para que vivan sus narices. Ellos son imágenes suyas que han salido de su carne. Él brilla en el ciclo para sus corazones. Ha creado las plantas para ellos, (así como) el ganado, las aves y los peces. Ha matado a sus enemigos; ha aniquilado a sus hijos, porque pensaban en hacer rebelión. Para sus corazones hizo la luz; navega para verlos. Ha levantado una capilla alrededor de ellos. Escucha si lloran. Ha creado para ellos gobernantes, desde el huevo, comandantes que se alzarán en el dorso del débil. Para ellos ha creado la magia, como armas para reprimir el impacto de los acontecimientos, vigilando sobre ellos tanto de día como de noche. Ha matado a los traidores que había entre ellos, como golpea un hombre a su hijo a causa de su hermano. El dios conoce a todos los hombres…”(3)

Aunque como se aprecia en este ejemplo, en los textos no se explica el orden de la evolución. El dios primordial, es el responsable de hombres, dioses y de todo lo necesario para la vida.

El mismo mecanismo se llevará a cabo con los otros dioses que se integran en el rol del dios creador. De este modo, por ejemplo, en los “Textos de los Sarcófagos” (Fórmula, 1130), encontramos bien especificadas las fases de creación, pero esta vez situando como protagonista al dios Jnum.


1.- Bajo la dirección de Henri-Charles Puech: Las Religiones Antiguas, Vol 1., Ed Castellano, Madrid, 1983.

2.- Brugsch, H.: Thesaurus in Scriptionum Aegyptiacarum.  Leipzig 1883-84, (Reimpresión, Graz, 1968),

3.- Serrano Delgado, J.M.: Textos para la historia antigua de Egipto.  Madrid 1993 p. 94.  Otra traducción al castellano del mismo texto, se encuentra en: Levóque Jean.  Sabidurías del Antiguo Egipto.  Ed. castellano, Estella (Navarra) 1984. pp.27-28. ‘ … Bien dotados están los hombres que son el rebaño del dios.  El hizo el cielo y la tierra en favor de ellos y rechazó al monstruo de las aguas.  Hizo el aire, que es vida para sus narices; pues ellos son imágenes suyas, ya que han salido de su carne.  Brilla en el cielo en provecho de su corazón, hizo por ellos las plantas y los animales, las aves y los peces, para alimentarles.  Pero mató a sus enemigos y castigó a sus propios hijos, porque proyectaban rebelarse contra él. Hizo la luz del cielo en provecho de su corazón y navega a vela para verlos.  Erigió alrededor de ellos una capilla; y cuando lloran, les escucha.  Estableció para ellos soberanos legítimos, sostén para aliviar la espalda del débil.  Hizo para ellos la magia como arma para prevenir lo que puede acontecer, y el sueño, tanto de noche como de día.  Mató entre ellos a los indóciles, lo mismo que un hombre golpea a su hijo o a su hermano.  Porque el dios conoce cada nombre…’

 

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